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Las cuarentenas trastornaron nuestra nutrición

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A sandwich baguette and potato chips / crisps and a medical face maskFoto: photography by Kate Hiscock

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Hace unos días la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) presentó un informe que mostraba cuáles países tenían riesgo de hambre aguda en el planeta. Entre esos “puntos críticos de hambre”, como los llamaba la entidad, se encontraba Colombia, una posición que desató una gran controversia. Luego de los reclamos del Gobierno, la FAO admitió que se cometieron errores y no era posible equiparar la situación del país con la de otras naciones con hambre crónica. Pero, más allá de la polémica, la discusión ha vuelto a poner sobre la mesa un asunto muy inquietante: la inseguridad alimentaria, un problema que creció con la pandemia del covid-19.

Ayer, por ejemplo, la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (Abaco) recordaba que en este momento hay 15,9 millones de colombianos que solo consumen dos o menos comidas al día. Otros cinco millones, apuntaba, sufren o sufrieron de desnutrición crónica. En otras cifras, el 54,2 % de quienes habitan el país viven en inseguridad alimentaria.

Pero a estos preocupantes dígitos se suman otras preguntas que, hasta ahora, están empezando a resolverse: ¿cómo cambiaron nuestros hábitos alimenticios durante estos dos años de pandemia? ¿Los bloqueos y los encierros transformaron el comportamiento dietético de las personas?

Varias investigaciones han tratado de responder esos interrogantes. Por ejemplo, junto con otros cuatro profesores, Shameena Gill, del Departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina de la U. de Kebangsaan (Malasia), decidió examinarlos en detalle para comprender qué había sucedido en el planeta. Tras evaluar un poco más de 100 estudios y analizar la calidad de sus resultados, publicó hace unos días un completo artículo en el International Journal of Environmental Research and Public Health que muestra los cambios en la alimentación humana durante la pandemia.

Las noticias no son buenas. Gill y su equipo hallaron que hubo, primero, variaciones en el comportamiento dietético. Al obligar a las personas a confinarse en sus casas, apuntan, se generó un fenómeno un poco predecible: muchos compradores se abastecieron de productos no perecederos como enlatados y paquetes. El consumo de alimentos frescos, por el contrario, se redujo.

Eso, dicen, es problemático porque consumir de manera prolongada estos productos llevan al aumento de peso y a una mayor probabilidad de tener enfermedades crónicas no transmisibles (ENT), un grupo que, en el caso colombiano, es el culpable de la mayor parte de las muertes. Entre ellos están las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y el cáncer. En el mundo son culpables del 68 % de los fallecimientos anuales, según la OMS.

Esa tendencia alimentaria, anota el equipo de Gill, estuvo atada a otros factores. Por un lado, muchos gobiernos impusieron medidas de bloqueo que interrumpieron la cadena de suministro de alimentos. “Muchos agricultores y productores de alimentos que dependían de las exportaciones sufrieron pérdidas devastadoras”, escriben. Además, las restricciones a importaciones de alimentos esenciales, como el trigo, condujeron a la población a buscar artículos enlatados. En la otra cara de la moneda, algunas comunidades, principalmente de países con altos ingresos, sortearon la situación con los productos de huertas familiares y comunitarias.

Pero estar aislados, sin contacto con la sociedad, generó otro problema que no se puede desligar de la manera en que comemos: hubo más ansiedad, estrés y desesperanza. Eso es grave porque, como dicen los investigadores, para lidiar con esos problemas los humanos solemos recurrir a alimentos que encontramos “reconfortantes” (producen más serotonina y dopamina) y que son de un sabor muy agradable (hiperpalatable, es su nombre técnico). En ese grupo está la comida alta en grasas, azúcar, sal y carbohidratos. La comida “chatarra”, para ser un poco más claros.

Se trata de efectos que, aunque diversas investigaciones están tratando de entender con más detalle, solo se notarán dentro de muchos años, advierten. Si no se toman medidas para revertirlos, los sistemas de salud, ya saturados y en constantes aprietos financieros, tendrán una carga más con la cual deberán lidiar. Entre otras cosas, recomiendan regular quienes manejan las plataformas de domicilios (que también crecieron en estos años de encierro) para que les presenten información nutricional clara a los consumidores sobre lo que están pidiendo a casa. En muchas ocasiones se trata de comida alta en grasas, sodio y azúcares.

Un punto más no puede dejarse de lado a la hora de hablar de los efectos que tuvieron las prolongadas cuarentenas en la nutrición de las personas. Como añade el equipo de Gill, limitaron la cantidad de actividad física, algo esencial tanto “para prevenir enfermedades no transmisibles, como la diabetes, además de mejorar el bienestar mental”. Aunque es claro, dicen, que hacer actividad física depende de cada individuo, lo que sucedió es el mejor ejemplo de que hay factores ambientales y sociales que cumplen un papel clave para que los ciudadanos puedan hacer ejercicio.

“La reducción de la actividad física tuvo un impacto inmediato observado en todo el mundo. Mientras que los comportamientos dietéticos difieren entre las diferentes poblaciones, las medidas restrictivas han impactado completamente nuestro estilo de vida al reducir tantos movimientos como sea posible”, escriben.

En el caso colombiano no hay datos muy robustos que muestren qué sucedió con nuestros patrones alimenticios, pero es claro, como anotaban los profesores Luis Fernando Gómez, María Parra y Mercedes Mora, de la U. Javeriana, y Diego Lucumí, de la U. de los Andes, en otro artículo en el que recalcaban la importancia de una alimentación saludable, que “si no se da una respuesta socialmente adecuada a través del Estado, se pueden incrementar las prevalencias de formas de malnutrición, como la desnutrición aguda, la desnutrición crónica y el déficit de micronutrientes”.

A sus ojos, en caso de que se presentaran futuras pandemias virales, sería imposible mitigar su efecto devastador “si no se toman acciones contundentes para prevenir los factores de riesgo de las enfermedades no transmisibles”. Su petición es la misma que vienen haciendo grupos de salubristas: que haya un abordaje integral para enfrentar ese desafío, es decir, que incluya impuestos a las bebidas azucaradas, restricciones al marketing y a la publicidad en alimentos ultraprocesados, así como un etiquetado de fácil comprensión y políticas para modificar los sistemas agrícolas y alimentarios”.

*Tomado de: https://www.elespectador.com/salud/las-cuarentenas-trastornaron-nuestra-nutricion/

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