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15 años de transgénicos en Colombia

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Foto/wikipedia

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Se cumplen quince años desde que se introdujeron cultivos transgénicos en el país. Solo hemos aprobado dos, el algodón y el maíz. Recientemente se publicó un balance parcial de resultados. Las áreas sembradas han sido limitadas, no comparables con las de vecinos nuestros como Brasil, el segundo productor mundial, y Argentina, el tercero. Tenemos menos área con transgénicos que Bolivia (por si acaso, aclaro que quienes impulsaron esos cultivos fueron Lula da Silva, Néstor Kirchner y Evo Morales).

En los quince años, el área cultivada en Colombia sumó más de un millón de hectáreas. Los agricultores tuvieron un ingreso adicional al tradicional de 301,7 millones de dólares. El rendimiento con el maíz fue 30,2 % superior en promedio y para el algodón, 17,4 %, y se dejaron de aplicar casi 800.000 kg de insecticidas y herbicidas que de otra forma hubieran sido necesarios. Para el 2018, estos cultivos produjeron el 90 % del algodón y el 36 % del maíz.

Hoy hay en el mundo no solo cultivos resistentes a plagas de todo tipo, sino otros con propiedades alimenticias mejoradas como el arroz dorado que produce vitamina A, que por fin será cultivado en Filipinas y puede acabar con un problema de salud que causa anualmente diez veces más muertos en el mundo que los que ha producido el covid-19. Tendremos pronto cultivos que puedan fijar nitrógeno atmosférico y no necesiten fertilizantes sintéticos, algunos que crezcan en tierras áridas y puedan ser regados con aguas salinas. El límite es solo la imaginación.

Esta tecnología no solo tiene impacto positivo en la seguridad alimentaria, sino que es un instrumento para frenar la expansión de la frontera agrícola. La deforestación, la degradación de los páramos y el uso desbordado del agua se deben, en buena medida, a la colonización de esas tierras para producir alimentos. Solo se podrá detener aumentando la productividad de las que se usan hoy y habilitando otras que por sus características no pueden ser usadas con cultivos tradicionales.

A pesar de eso, hay quienes se oponen. En este momento cursa en el Congreso una iniciativa para prohibirlos. Los argumentos son tan pobres que desconciertan. Hay quienes dicen que solo enriquecen a las grandes compañías que producen semillas. De hecho, por cada dólar adicional en el costo de la semilla, nuestros agricultores obtuvieron más de tres dólares adicionales en algodón y casi cinco y medio en maíz. No existe una obligación de usar esas semillas, habrá que aceptar, pues, que a los agricultores les conviene. Muchas de ellas ya no están cubiertas por patentes, y otras fueron desarrolladas en países vecinos como Argentina y Brasil.

Algunas asociaciones se oponen por miedo a la manipulación genética. Es un temor mítico y muy poco informado. Para empezar, habría que contarles que usamos organismos genéticamente modificados hace mucho tiempo en medicina. Toda la insulina que consumen los diabéticos en el mundo y muchas otras hormonas y antibióticos son transgénicos. La mayoría de las vacunas también lo son, y entre las candidatas para la futura de covid-19, las que no son transgénicas tienen una tecnología que implica mayor manipulación. Además, y eso también es importante saberlo, desde que el ser humano empezó a domesticar plantas y animales, los ha mejorado a través de manipulación genética.

Se insiste también en posibles efectos en la salud y en el medio ambiente. Eso desconoce el hecho de que se usan hace más de 25 años, los hemos consumido miles de millones de personas (sí, todos los que comemos arepas lo hemos hecho) y no hay el primer caso de daño comprobado. Espero que el Congreso base su análisis en hechos y evidencias científicas y no en un temor irracional al sonido de las palabras.

*Tomado de: https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/moises-wasserman/columna-de-moises-wasserman-sobre-los-15-anos-de-transgenicos-en-colombia-541016#

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