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El hombre de la moringa en las cárceles

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Edwin Carreño en La Uvita, con su producto estrella. / Cortesía

EL ESPECTADOR (OCA-IDEA-UN)

En La Uvita, un pueblo enclavado en el ramal oriental de la cordillera de Los Andes al norte de Boyacá, fue donde Edwin Carreño aprendió a sembrar y a comerciar. Lo hizo con su bisabuela Joaquina y su abuela Paula entendiendo los tiempos de recoger la zanahoria o la cebolla, y después se educó en la cátedra cotidiana de sus tíos en el negocio de las droguerías. Hoy es un promisorio empresario que reconoce que, inesperadamente, la pandemia terminó por dinamizar un cultivo que él venía desarrollando con entusiasmo desde su doble convicción de agricultor y farmaceuta: la cosecha de moringa.

Cuenta que ya lleva unas 60.000 plantas sembradas desde que la moringa empezó a incrementar su demanda, y que, en dos fincas en Guamal y Granada, en el departamento del Meta, no da abasto en su producción. Explica que se trata de una leguminosa que crece en un árbol que puede alcanzar hasta los 20 metros, pero que él no deja que los suyos lleguen a los tres metros, como se lo aconsejó un agrónomo amigo. De cualquier modo, tiene claro que fue a las cinco y treinta de la tarde del 17 de octubre de 2009, cuando labró la primera semilla en su finca Villa Tati.

Desde entonces, en compañía de su tío Hildebrando, decidió apostar a las propiedades de la moringa. A los dos meses, ya tenía tres mil matas, y empezó a experimentar en sus huertas, sumando al saber agrícola su vocación de farmaceuta. La virtud que adquirió desde la adolescencia cuando trabajó en la empresa Drogas Cóndor, donde pasó casi una década, sin perder ocasión de capacitarse, hasta que, con el paso del tiempo, con tránsito por Yopal y Villavicencio, terminó viviendo en Acacías (Meta), donde le dio vida a su propia farmacia, hoy llamada Farmafull.

Hasta ahí, la historia de Edwin Carreño es la de un emprendedor boyacense adoptado por el Llano, que además de sus droguerías, terminó por fabricar una bebida de vida corta y necesidad de refrigeración. Sin embargo, en los dos últimos años sucedieron dos hechos que cambiaron su perspectiva. El 14 de abril de 2018 se incendió su bodega principal y entre los escombros, uno de sus hijos encontró un frasco con muestras y el título de un posible registro: VM100. Él vio en ese hallazgo la señal y, entre las cenizas, reactivó su idea, que ahora lleva el rótulo de su producto estrella.

Antes de que empezara la pandemia del Covid19 a nivel mundial, a la moringa oleífera como especie vegetal originaria de India se le atribuían importantes nutrientes y algunas propiedades antioxidantes. Además, apareció como recomendación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) como una planta de atractivos aportes. En los últimos años de su vida, el líder cubano Fidel Castro se encargó de elogiar sus propiedades y, en un país de médicos, curanderos y experimentos científicos, promovió su siembra masiva.

Con estos antecedentes, Edwin Carreño decidió que, más allá del negocio que integró su condición de sembrador y de farmaceuta, de alguna forma la moringa podía sumar en la lucha contra el COVID-19. No entra en dilemas sobre sus propiedades médicas y deja en claro que no la sustituye, pero argumenta que, si su planta al menos ayuda a fortalecer el sistema inmunológico de las personas, no sobra proveerla a quienes voluntariamente quieran acogerla. Esa fue su oferta a diversas instituciones y encontró una respuesta tan inmediata como inesperada.

En la cárcel de Villavicencio se advirtió un brote de COVID-19 y, como buen llanero adoptivo, ofreció su moringa cosechada en Guamal y Granada. Un dragoneante le copió el plan y, con bebidas calientes, entre aguapanela y moringa, la población carcelaria empezó a recibir con entusiasmo su producto. La experiencia se repitió en el penal de Leticia (Amazonas), lo mismo que en la cárcel del Buen Pastor en Bogotá y, con el paso de las semanas, el frasco verde de su VM-100 se convirtió en un símbolo de confiabilidad frente a la incertidumbre absoluta.Este cuadro fue pintado por un interno en Barrancabermeja después de recuperarse de COVID-19.Este cuadro fue pintado por un interno en Barrancabermeja después de recuperarse de COVID-19. / Cortesía

Convencido de que su moringa no es la cura, pero si es eficaz para fortalecer a las personas en algunos contextos vulnerables, así como calcula en toneladas el volumen de lo que ha donado a las cárceles y a otras instituciones, muestra con satisfacción las evidencias de gratitud reportadas por sus beneficiarios. Los presos y guardias carcelarios que le han enviado fotos de árboles de Navidad y faroles compuestos con el empaque de su producto, con el que adornaron los patios y las celdas de 35 reclusorios en la temporada de fin de año que concluye por estos días.

El más sorprendido ha sido el propio Edwin Carreño, quien refiere que todo lo aprendió en La Uvita, también llamada “Pradera de la fértil labranza”, que allá cerca al páramo de La Viga sigue activa su tía Clarita y, que, aunque la vida lo puso en los Llanos Orientales donde sus droguerías en Acacías ofrecen todo el vademécum aprobado por las autoridades médicas y científicas, él está convencido de que la naturaleza también tiene soluciones para contribuir a la salud colectiva. Al menos, la lección que le ha dejado la moringa le da razones para persistir en su proyecto Camohe.

El mismo nombre de su planta de producción que resume las primeras sílabas del Carreño de sus ancestros y la moringa de sus intereses, con muchos clientes inéditos que ahora le escriben. El dragoneante Pérez Correa de Villavicencio que pasó por el COVID-19, así como su esposa, y a los cuidados médicos sumó la moringa que ahora no le falta. El capitán Montenegro que le reportó desde Ipiales que le dio brega convencer a los internos de su ración caliente. O los internos de Bucaramanga que le enviaron un video con una coreografía y un canto para elogiar su donación.

*Tomado de: https://www.elespectador.com/noticias/actualidad/el-hombre-de-la-moringa-en-las-carceles/

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