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La huerta en La Calera que regresa a los niños al campo

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Ecohuerta La Caleruna ofrece actividades agroecológicas para niños y adultos. EL TIEMPO asistió a un taller sobre bichos. Foto: Ana Puentes

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“¡Coge la chisa, mi amor!, ¡sin miedo!”, grita una mamá en medio del taller de insectos del campo. Isabella, de 5 años, extiende la mano y agarra la larva de cucarrón. No puede creer que ese gusano blanco y gordo se convertirá, algún día, en uno de esos insectos que vuelan junto a su casa.

En otro punto de la huerta, Darwin, de 9 años, captura arañas, cochinillas y babosas con una aspiradora de insectos casera. Una hora antes, no era capaz ni de mirarlos. E Ike, otro pequeño, de rodillas, escarba emocionado entre la tierra. Busca lombrices para alimentar a las gallinas.

Todos ellos son asistentes al taller de bichos de Ecohuerta La Caleruna, un proyecto educativo y ambiental en La Calera, Cundinamarca, que pone a los niños y niñas de la ciudad en contacto con el mundo rural.

“Vimos cómo los pequeños de la ciudad y sus papás desconocen el campo. Por eso creamos este taller, para que pierdan el miedo por los insectos. Hay también otras actividades de agricultura y reconocimiento de la naturaleza”, explica Lesly Rubiano, una de los socias de la iniciativa ubicada en el kilómetro 7,5 vía La Calera.

Lesly, junto a su esposo, Ómar Ayala, y al instructor Daniel Vega, ha dispuesto un terreno dividido en varios escenarios para que las personas interesadas en desconectarse de la vida urbana y en regresar al campo puedan hacerlo por unas horas.

Para octubre, por ejemplo, diseñaron un taller de bichos, que impulsa a los niños y a sus padres a interactuar, directamente, con arañas, chisas, lombrices, cochinillas y otros animales vivos.

Cazadores de insectos

“Para comenzar hacemos una explicación sobre los mitos y verdades alrededor de los insectos. Les prestamos cámaras letales, o frascos en los que conservamos insectos muertos, para que los vean y pregunten sobre ellos. La idea es que aterricen lo que aprenden en el colegio con los animales al alcance de la mano”, explica Daniel Vega, antes de comenzar. El salón de clases es una especie de invernadero en la mitad de la huerta.

En una mesa hay varios frascos con enormes escarabajos, arañas escalofriantes, zancudos, larvas, abejas y varias especies más que han sido preparados por entomólogos para la actividad. Cuando los niños llegan, a cada uno se le extiende un frasco y una lupa. Daniel les enseña las partes de sus cuerpos, les explica sus funciones en el ecosistema y les recuerda que algunos pueden ser plagas. Luego, pasa a un segundo nivel: se los pone vivos en las manos.

Los pequeños ríen, nerviosos; cerca, sus padres se estremecen: la clase también es con ellos.

Ecohuerta

Ecohuerta Foto:  Ana Puentes

Ecohuerta

Ecohuerta Foto: Ana Puentes Foto:  Ana Puentes

“Esto no es una guardería, queremos que el niño esté involucrado con el papá, porque así adquiere seguridad y la enseñanza de la interacción con la naturaleza se va hasta la casa. Entonces, el padre también debe ser valiente y meterse en el juego”, explica Ómar Ayala, quien diseñó la ecohuerta hace cinco años.

Mientras Ómar explica la filosofía del proyecto, el instructor prepara retos para los pequeños: les enseña a preparar trampas para moscas y les reparte aspiradoras de insectos (hechas con un tubo y un recipiente de plástico).

“¿Cuánto falta para que seamos cazadores”?, pregunta Isabella con entusiasmo.

Su mamá, Johana Serrano, sonríe junto a ella. “Quiero que mi hija esté en contacto con la naturaleza, que venza miedos y que comparta con otros niños de una manera distinta”, comenta Serrano. Hace unos meses, en este mismo lugar, le organizó una fiesta cumpleaños en el campo. En lugar de videojuegos, payasos y piñatas, Isabella y sus amigos aprendieron a cultivar: araron la tierra, arrojaron semillas, regaron y, luego, en un espacio aparte, sacaron la cosecha. Isabella, de hecho, ‘ya cogió campo’. Por eso, en el taller de bichos, es una de las primeras en correr al campo para amarrar las trampas de moscas y en arriesgarse a levantar rocas y pequeños troncos para buscar insectos.

A su lado, Darwin, pone un extremo del tubo de la aspiradora de insectos cerca a una enorme araña y aspira. El arácnido, halado por la fuerza del aire, pasa por el otro extremo del tubo y va a dar a un recipiente de plástico. Darwin celebra, ya sabe qué viene.

Hotel de bichos

Después de la experiencia de cacería, Daniel vuelve con los pequeños y los padres al invernadero. Allí, los pone a prueba de nuevo.

“Vamos a liberar a los insectos y a dejarlos en sus habitaciones. Luego, los llevaremos a su hotel. Allí pasarán una temporada de descanso”, les indica. Y ellos se ponen manos a la obra. Dos horas después de iniciado el taller, abren, con valentía, los recipientes y clasifican arañas, babosas, escarabajos y otros insectos en cajas.

Después, con entusiasmo, los depositan en una caseta de madera. Sonríen, el miedo se ha ido.

“La experiencia incluye alimentar gallinas con lombrices que ellos mismos sacan de la tierra. Además, les enseñamos a plantar flores, para atraer abejas. Todo tienen un sentido pedagógico: explicarles que a los bichos no se los mata ni se les huye. Esto es volver al campo”, finaliza el equipo de Ecohuerta La Caleruna.

*Tomado de: https://www.eltiempo.com/bogota/huerta-ecologica-para-ninos-y-familias-en-la-calera-424310

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